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Marzo 16, 2008



¿Por qué hay mujeres que aguantan esto?

 

 

La cara de tristeza de la esposa del ex-Gobernador de Nueva York, Elliot Spitzer, durante el “mea culpa” que hizo esta semana en rueda de prensa ha hecho que muchos se preguntan: “¿Por qué hay mujeres que aguantan esto y se prestan a salir al lado de su esposo infile?”

Fotos: Shannon Stapleton - Reuters y Justin Lane - EPA

Un artículo de hoy en “El País” lo analiza:

La supuesta liberación de la mujer invita a pensar que una dama moderna, con estudios y éxitos profesionales plantaría a su marido al descubrir que le había sido infiel. ¿Pero qué ocurre cuando la ofendida está casada con un político cuya infidelidad es objeto de escándalo y escarnio público?

¿Por qué una mujer destrozada por su propio drama personal tiene que comparecer junto a su marido mientras éste entona el mea culpa?

Ésa es una de las muchas preguntas que alimentan las ubicuas conversaciones desatadas entre los neoyorquinos a cuento del escándalo protagonizado por el gobernador.

Puedes ver con detalle el relato de cómo se descubrió el escándalo en un artículo que hoy publica el diario “El País”, titulado “Así acabó Kristen con el ’sheriff’ Spitzer”, pulsando aquí.

 

Silda Wall Spitzer, brillante abogada, esposa y madre de las tres hijas de la pareja, apareció silenciosa y resignada junto a él mientras anunciaba su dimisión.

Muchos se preguntan por qué las mujeres de optan por entregarse al juego de las apariencias e inmolarse públicamente.

Silda Wall Spitzer, que nunca quiso que su esposo entrara en política, ha seguido el mismo guión inaugurado en 1992 por Hillary Clinton, antes de los escarceos entre su marido, el después presidente Bill Clinton, y Monica Lewinsky. Toda la prensa estadounidense recuerda la célebre frase de Hillary, sentada de la mano junto a Bill durante una entrevista en 1992, cuando aún no era presidente, pero ya se le acusaba de infidelidades. “No estoy aquí sentada como una pobre mujer junto a su gran marido. Estoy aquí porque le amo, le respeto, le honra todo lo que ha sufrido y lo que hemos sufrido juntos. Y si eso no es suficiente para la gente, que no le voten”. Luego llegaron Monica y el impeachment no consumado: y Hillary repitió el guión.

Lo mismo hizo Dina Matos McGreevey cuando el gobernador de Nueva Jersey, James E. McGreevey, tras ser descubierto con un hombre entre las piernas, anunció su homosexualidad en 2004.

“Yo sigo esperando que alguna le diga a su esposo: ‘A esto te enfrentas solo’. ¿Por qué han de estar ahí, si son ellos los que se han equivocado?”, se pregunta Penn D. Gutgold, profesor de Comunicación y autor del libro Paving the way for madam president [Allanando el camino para la señora presidenta] sobre las mujeres de varios contendientes por la presidencia.

Hillary no ha dicho nada respecto a Silda Wall. Cuanto menos se la relacione con Spitzer, mejor para su campaña presidencial. En cambio, Dina Matos apareció en el programa de Larry King en la cadena CNN para intentar justificar a la esposa del gobernador dimisionario de Nueva York. “Me gustaría que la gente dejara de juzgarla, porque nadie sabe lo que significa estar en su lugar. Todas lo hacemos por razones muy personales. En mi caso lo hice porque era mi marido y yo siempre le he apoyado. Tengo una hija que un día me preguntará por ese momento y quiero que sepa que yo estuve ahí apoyando a su padre”, señaló Dina Matos.

Debbie Walsh, directora del Center for American Women and Politics de la Universidad de Rutgers, cree que estas mujeres han sufrido tanto que ese acto es casi una segunda humillación. Además, en este caso, Silda Wall parecía tan triste que “él resultaba aún más antipático”. Para algunos analistas, el acto casi teatral de comparecer en una farsa de ese calibre, en nombre de los hijos, del triunfo del amor y de la voluntad de mostrar una imagen de familia unida es la responsabilidad que desde la llegada de los conservadores al poder en los años ochenta se ha acentuado en Estados Unidos para la esposa de un hombre público.

Pero quizás lo más sorprendente es que en las televisiones del país han llovido comentarios de mujeres que, como la doctora Laura Schlessinger, afirmaron ante las cámaras: “Las mujeres son responsables de las infidelidades de sus maridos por no tratarles con el amor y cariño que se merecen“.

Vía El País, Madrid

Algunos analistas han especulado con que la caída de Spitzer pudiera haber sido provocada por una trampa que le pusieron. Así lo insinúa Mario Diament en La Nación de Argentina en un artículo que puedes leer completo pulsando aquí:

¿Fue la casualidad la que provocó la caída del ahora ex gobernador del estado de Nueva York Eliot Spitzer? ¿Un episodio de rutina bancaria, una alarma electrónica que se disparó cuando nadie lo esperaba? ¿O fue, en cambio, una operación deliberada, la obstinada búsqueda, con propósitos de venganza, del punto vulnerable en el hombre al que llamaban Mr. Clean” (El limpio) o “El sheriff de Wall Street”?

La pura casualidad parece tan improbable en el caso de alguien que acumuló enemigos poderosos como Eliot Spitzer, que es sospechoso no sospechar. Aun descartando la inexplicable imprudencia de quien, como él, conocía a la perfección el sistema y sus subterfugios, la sucesión de episodios que culminaron con su renuncia parece sólo remotamente, accidental.

Sin embargo, no sería una excusa para Spitzer:

Pero aún si toda la operación no fue otra cosa que una refinada vendetta , nada excusa la responsabilidad del gobernador. Para comprender los motivos que lo llevaron a concebir este suicido político, familiar y profesional, es preciso indagar en la psicología del poder. Existe, como se propuso demostrarlo Calígula, una correspondencia entre el poder, el sexo y la impunidad. O sucede, tal vez, que quienes se posicionan en la cima de la pirámide, llegan a pensar que el poder es la impunidad.

Admitamos que hay crímenes más graves que el que cometió Spitzer y hay políticos que sobrevivieron al escándalo sexual. Lo que nadie le perdona a Spitzer es la estupidez. Tan enorme y tan flagrante, que hasta ofende a los pecadores.

 

 

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